“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Esta idea del libro de Jorge Luis Borges me ha parecido siempre fascinante. Podríamos parafrasearla diciendo que el libro es la extensión del pensamiento.

El libro es un objeto como cualquier otra invención del ser humano, pero tiene ese atributo o virtud que Borges describió con maestría. Al ser una extensión de la memoria y la imaginación, se convierte en un instrumento de socialización, es decir, nos permite dudar, dialogar, cuestionar, reflexionar, pensar, incluso, revalorar las ideas que nos permiten tomar mejores decisiones. El libro es una herramienta de poder porque puede ser una institución de control social. En buenas o malas manos, un libro puede ser cautiverio o puede ser libertad.


El libro estimula la imaginación y la creatividad. Es lo primero que solemos pensar. Es cierto. La imaginación es imprescindible para resistir, sobre todo en estos tiempos donde la mediocridad de pensamiento promueve la frivolidad y el vacío que son un obstáculo para la construcción de valores cívicos. Podemos hablar de valores y virtudes, pero si no hay un pensamiento que estimule la creatividad, donde la imaginación sea un componente que nos permite visibilizar alternativas al caos, entonces habrá un vacío. La creatividad y la imaginación también son formas del pensamiento que se extienden a través del libro.

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”, dijo la poeta Emily Dickinson. Existen muchas metáforas que comparan al libro con un viaje o esa puerta que nos permite entrar a otros mundos, otras realidades, ajenas a la nuestra, pero que se parecen a la que vivimos, ya porque soñamos con un mundo posible o porque el que conocemos es injusto y quisiéramos mejorarlo. Por ese motivo tan sencillo viajamos con la lectura. La noción de viaje no solo está en los libros con temas de desplazamiento o que nos hablan de otras regiones. El viaje puede ser un encuentro, una declaración, una revelación, una descripción de algo próximo, no tan lejano, pero que permite tener una idea más general del mundo: es un viaje del conocimiento.

Dice Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura: “Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar”. El libro es el contenedor de esas historias que tratan de explicar el mundo. A través del libro conocemos el mundo y su realidad; organizamos la imagen y su presentación que tratamos de comprender. Por eso la lectura es una carta de presentación del mundo, para usar una metáfora.

El libro es un instrumento de construcción, pero también de destrucción, porque está vinculado a los procesos y operaciones mentales. Dice Matteo Corradini que: “Toda creación, toda acción ligada al verbo ‘crear’ implica una destrucción. Es una destrucción necesaria. No se puede prescindir de ella porque está conectada, inevitablemente, con el recorrido creador”. Julio Cortázar, en su ensayo Teoría del túnel, nos advierte de una especie de agresión de parte del escritor hacia el lenguaje. La literatura destruye para construir. Comparado, es igual cuando se destruye una montaña para abrir el túnel.

El acto de leer requiere de una disposición creadora que muchas veces necesita destruir. Al leer destruimos paradigmas, dogmas, creencias, falacias, ideas prejuiciosas, incluso valores supuestos, para reconstruir un pensamiento. “Antes de todo acto creador está la destrucción de la historia pasada, de la propia historia pasada. (…) Todo acto creador, por pequeño que sea, deviene un absoluto: en un único momento pronostica un desvío que elimina toda variante. Se muestra como un salto”, dice Corradini. Si la escritura es un acto de destrucción, por ser un acto de creación, quiere decir que la lectura también lo es, porque es una práctica de reconstrucción.

Un último registro sobre la lectura. Creo que la lectura es una forma de postergar la muerte. Leemos para confrontar la soledad y la muerte. La única manera de negociar con la muerte (un diálogo donde siempre perderemos) es a través del libro. Desafiamos la muerte desde las páginas donde aún queremos perpetuarnos. Tal vez por eso, Francisco de Quevedo escribió ese soneto que es un elogio a la lectura y el libro desde Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”.

El autor es escritor

Seminario virtual 35 años 
Programa

Pronto programa 35 encuentro de contadores de historias y leyendas