En un ensayo sobre los espacios poéticos, Laura Devetach analiza un concepto de la poesía del estudioso alemán Johannes Pffeifer: “... la esencia de lo poético radica en la capacidad de ver lo obvio”. Es decir: la misión del poeta es descubrir las cosas para que estas se conviertan en conocimiento poético; en otras palabras: para ver lo obvio se requiere de la capacidad de descubrimiento. Concluye la escritora que una lectura puede ayudarnos a descubrir lo que tenemos y no lo sabemos. Esta puede ser la respuesta más inteligente que se puede tener para cuando nos interrogan de para qué sirve la poesía.

Dice Milan Kundera que el novelista, contrariamente al poeta y al músico, debe saber acallar los gritos de su propia alma. En el lenguaje prosaico no hay necesidad de que nuestro “yo” opine sobre la realidad; basta con que lo hagan nuestros personajes que con ese fin han sido creados: descubrirnos el mundo (ya sea de manera cruel o hermosa), a través de sus acciones. En cambio, en el lenguaje poético, el poeta desnuda su alma y su personalidad para descubrir lo esencial y efímero de la realidad. Ya no es un personaje el que habla, sino una voz poética, un hablante lírico, como dicen los críticos.

Cuando Flaubert se defendió del crítico Sainte-Beuve con la frase “siempre me he esforzado por llegar al alma de las cosas”, estaba aportando uno de los conceptos más importante al difícil oficio de escribir: descubrir para conocer. Cuando creemos que conocemos las cosas en realidad es porque no las hemos descubierto y, sin embargo, han estado allí siempre. Dice William Ospina: “Hay un tipo de excelente poesía que nos muestra las cosas más prodigiosas como hechos naturales, pero la mejor poesía es la que nos muestra las cosas más naturales como hechos prodigiosos”.

Pienso en las palabras “descubrimiento”, “prodigio” y “espacio”. Qué podemos hacer para que el espacio donde diariamente trabajamos se llene de posibilidades para el descubrimiento del conocimiento poético, es decir, para descubrir los universos invisibles de la literatura; para que la lectura sea una acción que nos ayude a “descubrir lo que tenemos y no lo sabemos”; para que las cosas naturales y cotidianas se transformen en hechos prodigiosos.

Todos los mediadores que estamos involucrados con algún oficio que tenga que ver con la lectura (educadores, bibliotecarios, promotores) sabemos que hay que hacer un gran esfuerzo para llegar al alma de las cosas, como decía Flaubert, para descubrir el mundo y su complejidad, a través de algunas acciones en ese espacio que se nos ha regalado para trabajar: una biblioteca, el aula de clase, una casa cultural, etc. Debemos tratar de que las cosas naturales y cotidianas de la vida parezcan hechos prodigiosos en medio de la adversidad y las contradicciones sociales. En otras palabras: lo esencial es invisible a los ojos, para decirlo con El Principito.

He aquí otra palabra clave: lo esencial. Existen muchas actividades vinculadas al libro y la lectura: concursos literarios, fechas conmemorativas, caravanas de lectura, hora de cuentos, ferias municipales, donaciones de libros, inauguraciones. Hay momentos en que estas acciones se quedan en simples hechos de relaciones públicas, y lo esencial no se ve y la significación de la lectura queda relegada y opacada por la trivial propaganda. Para que cualquier iniciativa tenga sentido, debe resaltar varias cosas: el sentido de su programa, el imaginario de la comunidad, el sentir de los niños y los jóvenes, la construcción de la subjetividad, el valor social de la palabra, la revaloración de la memoria social, la creatividad y el pensamiento crítico, por citar algunas.

No solo leemos para divertirnos, entretenernos o informamos; hay algo más. Ese algo más es una zona invisible que Graciela Montes describe con un concepto de Raymond Williams, el investigador de la cultura: existe una estructura de sentimientos. Algo así como el código existencial que habita en nosotros y que al leer se activa. Por eso, cada cosa que hagamos para acercar a las personas a la lectura debe ser una oportunidad para adscribirse a la construcción de la subjetividad. Como ha dicho Michéle Petit: más sujeto de su propio destino.

¿Cómo posicionamos la manera en que las personas, sobre todo los jóvenes y niños, construyen su futuro a través de la lectura? ¿Cómo se encuentran consigo mismos y cómo descubren sus propios códigos existenciales: qué cosas son más interesante para ellos y qué cosas le permiten un encuentro, un descubrimiento, una posibilidad? ¿Cómo la comunidad descubre sus derechos culturales al mismo tiempo que adquiere los derechos como ciudadanos? ¿Cómo las prácticas culturales de lectura los pueden ayudar a sentirse como sujetos de derecho? Si leer es un derecho, ¿por qué no logramos consolidar prácticas de lectura con un propósito esencial? ¿Será que lo esencial es tan invisible a los ojos en nuestros países?

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