“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan (…)

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita, ¿y dónde están esos libros?

¡Libros, libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”.

He querido iniciar este artículo con estos párrafos del famoso discurso de Federico García Lorca, Medio pan y un libro, que dio en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre del año 1931, porque me sirven para defender la idea que tengo de las bibliotecas y su utilidad. No sé cuál será el destino de las bibliotecas y del libro como propiamente los conocemos. Sin duda, dentro de 200 años estos equipamientos culturales serán algo distinto a como los conocemos hoy. Mientras tanto, pienso que hay que entender su utilidad en el presente.

El pasado 4 de enero, el diputado independiente Juan Diego Vásquez presentó en la Asamblea Nacional el anteproyecto de ley que busca fortalecer las bibliotecas públicas. Como era de esperar, tuvo muchos comentarios en las redes, la mayoría positivos, pero otros negativos de personas que piensan que las bibliotecas no son una prioridad, que es botar el dinero y que no tienen impacto en la sociedad; gente que piensa: “si necesito algo, le pregunto a mi amigo Google”, como si todo el pueblo tuviera acceso a la conectividad y, aun si la tuviera, el internet no reúne las virtudes y valores de una biblioteca.

Es fácil darse cuenta de que estas opiniones corresponden y son, al mismo tiempo, prueba de que un sector de la sociedad desconoce el sentido y utilidad de las bibliotecas como agentes de transformación social y organismos de base comunitario que promueven el intercambio y la participación ciudadana y, por ende, contribuyen al desarrollo social. Las bibliotecas son espacios de apropiación territorial, es decir, confieren un servicio que ayuda a gestionar y organizar la cultura de la cooperación que contribuye a mejorar la calidad de vida. Su impacto en una comunidad se puede medir si se hicieran estudios pertinentes.

Las bibliotecas, incluso, contribuyen a dinamizar la economía local. El problema en nuestro país es que estos centros culturales de la memoria y la información están descuidados, por no decir abandonados, y carecen de estudios que permitan evidenciar con números, nociones y percepciones ciudadanas qué tan importantes son como agentes de cambio en una localidad.

Como referencia podemos citar el estudio de valor que realizó el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, que permitió medir el valor de las bibliotecas para tener argumentos y garantizar, desde la inversión pública, sus impactos y sostenibilidad en el tiempo. Este estudio les permitió a los colombianos descubrir el valor social y económico de las bibliotecas. Les ayudó a comprender el grado de importancia y apropiación que la ciudadanía les concede a las bibliotecas públicas como centros de acceso a la información y el conocimiento, entre otras virtudes y valores.

Volvamos al discurso de Lorca y reformulemos su pregunta: ¿dónde están los libros que necesita la gente? En las bibliotecas. Pero más allá de ser solo un lugar para buscar un libro son los medios para descubrir posibilidades, valores de solidaridad, de identidad y pertinencia; para conocer los derechos, para compartir experiencias y discutir problemas; espacios poéticos de diálogo social y cultural. Porque debemos dejar de ver a las bibliotecas solo como instituciones para buscar la tarea, sino que sirven para promover el arte, la innovación, la gobernanza, la creatividad y la participación ciudadana.

Al desconocer los beneficios, valores y las posibilidades de las bibliotecas, las personas pueden pensar que no son útiles ni son una prioridad, que no brindan ningún servicio a la comunidad. La ignorancia de la función de una biblioteca implica que se desconozcan las necesidades culturales y sociales de la ciudadanía que llegan, en muchos casos, a sustituirse por el vicio y el ocio.

Existen distritos, incluso provincias, donde no hay una biblioteca pública decente. En el distrito de San Miguelito, el más grande de la capital, solo hay una biblioteca maltrecha. En Darién no hay. Sin embargo, las cantinas, casinos, bares, jorones y bodegas pululan como un mar infectado de medusas. Después nos preguntamos por qué los jóvenes y los niños optan por perderse en el vicio y la deserción escolar.

Es muy posible vivir en un país sin bibliotecas. Seguramente para la mayoría no son esa forma de paraíso que veía el escritor argentino Jorge Luis Borges. Tal vez la biblioteca es importante solo para los que descubrimos los poderes de la lectura. No las podemos comparar con la necesidad de un centro de salud o un acueducto, pero imaginar un país sin bibliotecas se puede comparar a un escenario gris y frío, como una de esas películas de Tim Burton; donde la libertad ni la imaginación existen, porque las bibliotecas son espacios que generan pensamiento y creatividad necesarios para salir de la oscuridad.

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