El día 04 de Julio de 2021 ha pasado a ser histórico. En dicha jornada tuvo lugar la primera sesión de la Convención Constituyente, órgano que se encargará de redactar la nueva Constitución, en reemplazo de cuestionable y polémica Carta Magna de 1980.

Destacable es que, adicionalmente, haya sucedido un hecho sin precedentes, al haber sido escogida como Presidente de la institución Elisa Loncón Antileo.

Docente universitaria, lingüista y activista de la causa mapuche; son hitos que destacan en su dilatado y sólido currículum.

Su elección fue controvertida, no por sus pares políticos, quienes la eligieron con un amplio apoyo, si no por la reacción de las élites y del ciudadano promedio.

Y es que ser mapuche, aunque sea moda, en Chile causa molestia.

Muy pocos se atreven a evidenciar aquello de una forma directa, pero el doble estándar es evidente.

En cuanto asumió su puesto Loncón, las redes sociales ardieron en descontento. Mensajes racistas, odiosos, peyorativos, desconectados de la realidad, se daban gala para intentar desacreditar su labor y, peor aún, cuestionar su forma de pensar, ser y/o entender la sociedad por el hecho, solamente, de ser mapuche.

Un espectáculo vergonzoso, por decir lo menos, era leer en Twitter, Facebook e Instagram a usuarios preguntar si, siendo parte de un pueblo originario, sería capaz de leer. Más bochorno causaban respuestas que validaban sus postítulos en México, Canadá y Países Bajos como condicionante para reconocerla como ser humano.

No han pasado más que un par de semanas y los pormenores consecuentes no han dejado de sorprenderme. Amenazas de muerte, campañas mediáticas de desprestigio, intentos por hacer la figura de Loncón cercana a la del dictador Pinochet, descrédito de todo tipo, restricción en el uso de su idioma nativo y un largo, desesperanzador, etcétera.

Aun cuando la mayoría de nuestros conciudadanos otorgan respuestas políticamente correctas al ser consultados, poco hacen por respetar los derechos ajenos.

Se ve el wenufoye pintado en muchos lugares, como sinónimo de lucha. El estallido social lo empleó casi como sinónimo de una refundación de país, el dibujo del kultrún abunda en cada mural del que se tenga noticia, figuras con trarilongkos en la sien se usan como epítome del guerrero.

Un doble estándar ostensible.

Innumerables artistas declaran admirar e inspirarse – o hacen apropiación cultural – en motivos, estética, cosmogonía, lingüística, simbología, mitos e historias aymaras, diaguitas, selk’nam, pichunches o rapanui; pero pocos son los que se esfuerzan por conocer su pasado, reivindicar sus causas y aprender sus culturas completamente y con respeto.

Detallar que porcentaje de artistas de pueblos originarios figuran en los catálogos de las librerías arrojaría cifras penosas. ¿Cuántos músicos que exploren los sonidos nativos se oyen en la radio?, ¿Qué porcentaje de un elenco teatral proviene de alguna de las mencionadas culturas?, ¿Cuántos cuentos son narrados en alguna lengua en peligro?

Seguimos siendo un país racista, discriminador, incómodo con lo que es ajeno al modelo europeo, ignorante de sus raíces y con poco criterio.

Me ha sucedido, más de una vez, de ser motivo de burla por colegas artistas por llevar un trarilongko, por saludar en mapudungún, por ser mirado en menos y tener que escuchar sermones en donde intentan enseñarme, con una total mirada colonialista, los saberes de mis antepasados.

Personas, supuestamente - enfatizo -, inteligentes y pensantes en el medio artístico; con tan poco criterio que luego se declaran como amantes y defensores del patrimonio.

Y hablar del ciudadano promedio mejor lo evito, sería causa de una pena incontenible.

Lo mapuche está de moda, siempre y cuando implique ponerle el nombre a una mermelada, a una marca de jabones, para la franja cultural de la televisión o bautizar a una mascota.

Lo mapuche, lo malamente entendido como mapuche, está de moda.

¿Cuándo pasará esta moda pasajera?