En el libro de Jean-Claud Carrière, El círculo de los mentirosos, hay un cuento de origen africano que se llama El ojo del elefante. La primera vez que lo escuché narrado por un cuenta cuentos fue en un festival internacional de narración oral en Costa Rica y fue de la boca de Bonifacio Ofogo Nkama. El cuento en el libro es corto. Cuando Boni lo cuenta dura casi 15 minutos y es una verdadera pieza de la cuentería tradicional.

Para ilustrar el tema de este artículo, quisiera citar la versión del libro:

Cuenta una historia procedente de Camerún que un elefante cruzaba un río. De repente uno de sus ojos se salió de la cuenca y cayó al fondo del agua.

El elefante, enloquecido, se puso a buscar por partes, pero en vano. El ojo parecía a todas luces perdido.

Mientras se agitaba en medio del río, a su alrededor, los animales acuáticos, los peces, las ranas, y también los pájaros y las gacelas que permanecían en la margen, le gritaban:

-¡Cálmate! ¡Tranquilo, elefante! ¡Cálmate!

Pero el elefante no los oía y siguió buscando el ojo, sin encontrarlo.

¡Tranquilo!-le gritaban-. ¡Tranquilo! Finalmente los oyó, se detuvo y los miró. Entonces el agua del río se llevó suavemente el cieno y el lodo que el elefante había levantado con su movimiento. Entre sus patas vio el ojo en el agua, que se había vuelto clara.

Lo recogió y lo volvió a colocar en su sitio.

Gran parte de la literatura sapiencial, escrita y oral, se vale de los cuentos, de las parábolas, las alegorías, los mitos, las leyendas, para transmitir los grandes temas de la existencia humana. Un cuento tan sencillo y corto, como esta historia del elefante, nos dice que cuando tengamos un gran problema en nuestras vidas, es mejor tomar las cosas con calma para poder encontrar la solución.

Creo que los cuentos tienen luces y sombras que hacen que la historia tenga un sentido y una relación con nuestra vida. La vida en sí misma tiene la estructura de un relato. Un cuento tiene un inicio, un desarrollo y un desenlace. De la misma forma nacemos, nos desarrollamos y morimos. En ese período tenemos, para decirlo como si fuera un cuento, distintos nudos de acción que son las peripecias que, como personajes, atravesamos en nuestra propia historia. La vida es a veces gris y otras brillante.

Creo firmemente que los cuentos te ayudan a resistir las adversidades. Leer historias te hace más inteligente, más sensible y a la vez fuerte; la literatura te prepara para pensar con sabiduría en esos momentos en que nos vemos frente a una incómoda situación. Puede ser una crisis que hay que resolver, un diálogo que confrontar o una idea que tenemos en la cabeza y necesitamos reciclar con palabras que saldrán de nuestra boca. Muchos de nuestros problemas podrían resolverse mejor si aprendemos de lo que leemos. Por ejemplo, estoy seguro de que si las personas que dirijen una organización o que se encargan de tomar decisiones tuvieran una formación en la literatura, sobre todo de los clásicos, podrían manejar mejor los conflictos y los problemas que suelen confrontar.

La literatura es eso: un mundo de luces y sombras. Las historias nos ayudan a tener mejor discernimiento. El pensamiento crítico no es una musa que entra por la ventana como un pajarito que se mete en la cabeza. Consiste en saber cuidar las palabras, el pensamiento, y dirigirlo con sabiduría.

La gobernanza consiste en saber gestionar y administrar procesos efectivos que ayuden a una organización o cuerpo corporativo, pero si perdemos un ojo como el elefante y perdemos también el control, no vamos a ver tan solo con un ojo; incluso el ojo sano correrá el riesgo de quedarse ciego.

La literatura, la oralidad y las historias populares son espacios donde habita el silencio de la palabra. Una persona formada en la lectura de cuentos sabe cuándo callar y cuándo hablar. Los lectores tienen el poder de saber cuándo usar el silencio (aquí el silencio es una metáfora donde el pensamiento vive esperando con paciencia en su nicho) y saben cuándo llenar los vacíos con palabras que serán como el rugido de un león que acaba con ese otro ruido forjado en la oscuridad; un ruido que opera la mayoría de las veces desde el autoritarismo, ciego de poder y con una incapacidad infinita de resolver algo sin el abuso de ese poder.

La literatura es eso. Luces y sombras. Quiero cerrar con otro cuento para fortalecer estas ideas, también tomado del libro de Jean-Claude Carrière.

Una historia de Etiopía nos presenta a un anciano que, en su lecho de muerte, llamó a sus tres hijos y les dijo:

-No puedo dividir en tres lo que poseo. Eso dejaría muy pocos bienes a cada uno de vosotros. He decidido dar todo lo que tengo, como herencia, al que se muestre más hábil, más inteligente. Dicho de otra forma: a mi mejor hijo. He dejado encima de la mesa una moneda para cada uno de vosotros. Cogedla. El que compre con esa moneda algo con lo que llenar la casa se quedará con todo.

Se fueron. El primer hijo compró paja, pero sólo consiguió llenar la casa hasta la mitad. El segundo hijo compró sacos de plumas, pero no consiguió llenar la casa mucho más que el anterior.

El tercer hijo, que consiguió la herencia, sólo compró un pequeño objeto. Era una vela. Esperó hasta la noche, encendió la vela y llenó la casa de luz.