Se desató hace pocos días, en Perú, una leve polémica debido a la publicación de un aviso en un diario, mostrando a una senadora sacando la lengua y a un lado la pregunta “qué cuentos narra, si de Andersen, de Perrault, de los hermanos Grimm, las mil y una noche, de Calila y Dimna, cuentos Andinos, el  bagrecico? …Tal vez…”

Alguien hizo una observación, con carácter reivindicativo, por considerar dicho cartel una ofensa contra el cuento, pues escribió al final del anuncio: “El editor emplea una metáfora. Los medios hacen uso abusivo de metáforas a tal punto que impiden el buen entendimiento de las noticias”.

Escribir sobre el cuento requiere de mucho espacio y discernimiento, pero un esfuerzo de concreción nos permite ocuparnos de la parte cuya mención ha desatado el disgusto, esto es, el tratamiento peyorativo dado a la palabra cuento en la publicación ya mencionada.

La palabra cuento es tan respetable como indigna, dependiendo del punto de vista y los intereses de quien hable de ella. Si bien es cierto que está protegida por el diccionario cuando la define como “Narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y desenlace final rápidos”, también es cierto que pesan sobre ella definiciones cuya intención es cuestionar su prestigio social, pues la misma real academia de la lengua  argumenta que “la palabra cuento también permite referirse al relato indiscreto de un suceso, a la narración de un suceso falso o a un engaño. Por ejemplo: “Pedro vino con el cuento de que no encuentra empleo”.

Las palabras tienen historia y por eso esparcen contenido ideológico, pero además tienen tantas acepciones como aplicaciones sociales convoquen.

La expresión “cuento”, tan utilizada en nuestras conversaciones coloquiales para simbolizar trivialidad, aunque está relacionada con el relato literario, con el cual ha querido tomar relieve social, genera más dudas cuando se refiere al cuento popular, al cual hemos aprendido a denominar tradición oral, estructura narrativa espontanea, bastante sospechosa, porque es depositaria de cierta picardía informativa, muy apreciada porque a través de ella se puede poner en cuestión la apariencia de verdad y de seriedad de la historia oficial. 

No es un accidente equiparar la palabra cuento con la de política,  porque  esta es una actividad con muy baja respetabilidad social y suele entenderse como un ejercicio de embaucadores cuyo fin es ilusionar con mentiras. Pero detrás de las definiciones tendenciosas de cuento también está la intención de restarle eficiencia informativa a este cuando se origina en las entrañas de la sociedad, como es el caso de la tradición oral, caracterizada por contener la historia minuciosa de una sociedad y dentro de la cual, después de escarbar, se pueden hallar muchas evidencias de la realidad, expurgadas por la historia oficial.

Evitar que el cuento se equipare a ejercicios degradados como la política es responsabilidad de los oficiantes de la palabra, sobre todo de la narración oral, pues esta actividad está íntimamente asociada a la expresión cuento, y cuyo crecimiento exponencial le da licencia para hacer de este un vehículo de comunicación capaz de mantener la cohesión social y de devolver a la sociedad la memoria colectiva perdida, pero también para adicionar argumentos que degraden más su definición.

No hay que seguir usando el cuento para entretener al oyente con trivialidades sino para encauzarlo socialmente. Solo así conseguirá prestigio social.