Todos los seres humanos tenemos distintas capacidades y es, precisamente, tal diversidad de habilidades lo que enriquece nuestra interacción y nos permite, equipo mediante, crear y dar vida a propósitos que de forma individual estaríamos imposibilitados de concretar.

Toda persona que haya sido profesor, docente, monitor o, mejor aún, maestro (respetando la acepción de la palabra) sabe que en un colectivo humano los niveles de destreza son dispares y que los talentos se distribuyen de una forma mediada por la clásica, aunque siempre vigente, campana de Gausse.

La estadística se encuentra frecuentemente con el fenómeno de la distribución normal cuando a variables continuas refiere. Sin ahondar mayormente en el concepto, y evitando lenguajes excesivamente técnicos, las distintas inteligencias de que podemos hacer gala, ya extensamente investigadas por Howard Gardner, han sido repartidas en la población de un modo predecible para la teoría de probabilidades.

Una importante cantidad (68% aproximadamente, dicen los especialistas) de individuos humanos se encuentra cerca del promedio estadístico al ser evaluados respecto a una variable de interés, mientras que una escasa proporción destacará por un talento innato y, por el contrario, la misma cantidad se ubicará en el sector totalmente opuesto, siendo ambos grupos denominados “valores extremos” por su lejanía con la representatividad de su grupo (un 2% con cualidades de genialidad y otro 2% en el polo completamente opuesto).

Sea como sea, todo docente, profesor o, mejor aún, maestro, sabe que el enseñar es un equilibrio entre habilidades base, motivación, disciplina, perseverancia y algunas cosas que parecen magia o alquimia; pero, en definitiva, todos estamos diseñados para, a la corta o a la larga, aprender.

Aprender es algo para lo que parecemos estar predispuestos cuando se nos plantea el meollo del asunto de una forma llamativa o despiertan nuestro interés y, tras él, nuestra motivación.

Entender como escribir un romance, como tocar un Fa en la guitarra, leer, correr, cocinar, andar en bicicleta, ir al baño, como soplar la quena, un nuevo idioma, silbar, manejar un aparato de telefonía móvil nuevo, conducir, llegar a un lugar desconocido son meros ejemplos de las capacidades escondidas que tiene nuestro cerebro. ¿Cuántas veces en la vida, querido lector, se ha sorprendido Ud. mismo haciendo algo que días previos creía imposible?

Lo técnico, lo que es meramente instrumental y que se perfecciona con la repetición o mecanización de una estrategia, es algo que está al alcance de todos. Pero no voy a ese punto, pues en esa materia nadie es, en estricto rigor, un mal alumno.

Voy más allá.

Me refiero a esos individuos de mala memoria que circulan por la vida invisibilizando intencionalmente a quienes les han enseñado algo e, inclusive, les han formado en un oficio o profesión.

He conocido muchos malos alumnos, propios y ajenos. En lo personal, da bastante pena, y vergüenza ajena ante un mal alumno, ver herido a un maestro, ver descompuesto anímicamente a un profesor por recordar a un aprendiz o pupilo que reniega de su formación.

Conozco a muchos guitarroneros de antigua ley pasada que han llevado por años en su espíritu la tristeza de ser negados por sus educandos.

Muchos luthieres dudan de compartir ciertos descubrimientos que han percibido luego de mucha dedicación hacia un objetivo por temor a que copien sus fórmulas de trabajo y no recibir crédito por ello, angustia que justifican por malas experiencias previas. Numerosos son los poetas populares que prefieren fingir que se olvidan de su repertorio antes que compartir sus composiciones por haber visto sus creaciones en libros ajenos sin ser referidos como informantes. He compartido con un importante número de narradores orales naturales que rehúsan a contar algo si hay un desconocido como auditor.

Más de alguien podrá señalar que estas actitudes constituyen una exageración, una simple argucia para ser egoístas o una muestra de superstición absurda. Podría ser un diagnóstico primario, mas no por ello menos errado, de lo que salta a la vista para quien es incapaz de empatizar con otros. No obstante, sucede y seguirá sucediendo, más ahora que inventarse falsos méritos en las redes sociales, grabar un disco, editar un libro, alimentar el ego y mostrarse es más fácil que nunca; mientras que encontrar seres íntegros, con ética de trabajo, que cultivan el respeto y que son un todo coherente entre acto y palabra es lo menos frecuente.

No debemos dejarnos enceguecer por las luces de una mera destreza, entre ellas y la integridad de un ser humano hay mucha distancia.

He presenciado con estupor como los malos alumnos se multiplican.

A mí mismo me ha sucedido tener aprendices técnicamente impecables, pero humanamente mediocres.

He visto currículos inflarse por proyectos gestionados por mí persona en los cuales no existo, habiendo sido profesor del/los/las aludidos/as, que, incluso, prefieren mencionar a alguien que era parte del mismo programa, pero que nunca les hizo clases.

He visto videos grabados para entidades como la SCD, el Ministerio de las Culturas las Artes y el Patrimonio, postulaciones completas a Fondart, que se sustentan en investigaciones de las que soy autor; en que se copia textualmente, palabra por palabra, mis hallazgos y no se me menciona por ninguna parte.

He sabido de cursos y talleres montados en base a mi trabajo de los que, posteriormente, ciertos sujetos me han negado su participación y, más aún, la existencia de tales actividades.

El mundo de la tradición, hoy por hoy, es un campo donde la presencia de “auto didactas” preocupa. ¿Cómo se puede ser portador de un patrimonio sin haberlo aprendido de nadie más que sí mismo? Curiosa figura, por decir lo menos.

También la presencia de “nietos de” resulta alarmante. Estando en pleno siglo XXI es llamativo que una porción no menor de artistas haya tenido un pariente lejano que le haya formado, del cual, misteriosamente, no hay fotos, videos, registros de audio, testimonios en libros o en ningún tipo de soporte. La ciencia, para corroborar algo como real requiere de evidencia, ¿Por qué el arte no?

Es más interesante saber que hay maestros, en cualquier área artística, que parecen no tener alumnos y/o aprendices mientras viven, pero, en tanto fallecen, sus herederos se multiplican exponencialmente.

Sin ética, ¿Qué nos queda?

¿Quiénes serán los maestros del mañana si los referentes de hoy no han sido formados por ninguno?, ¿Quiénes enseñarán como debe comportarse un maestro a los nóveles cultores y obreros del arte si el grueso de ellos cree no necesitar de uno?

No se enoje nadie, ni me juzguen severamente. No seré cómplice de las sombrías y cuestionables prácticas de los malos alumnos, seré más riguroso de ahora en adelante.

Si Ud., en cambio, quiere ser un respetuoso, honesto y buen alumno, cuente conmigo.