Asumí, desde mis primeras incursiones en el escenario, que un artista tiene un deber mucho más exigente que lo profesionales de otras áreas.

Enfatizo…asumí.

No es que esté comparando mi labor con la complejidad que debe enfrentar un cirujano al operar a un paciente, o un ingeniero al hacer lo cálculos de todas las variables intervinientes para que una estructura vial resista el paso del tiempo y los embates naturales con características de desastre que sufre nuestro país.

No comparo, pero me gustaría exigirme tanto o más que cualquiera. ¿Por qué no?

Si emprendo un proyecto, nunca es mi objetivo guardarme energía o empeño.

Hay que darlo todo.

Siempre he sostenido que, tal vez, no sea el hombre más talentoso que pisa la tierra, pero si el más esmerado y comprometido.

Entre las varias medidas de auto disciplina y exigencia que he decidido imponerme, a fin de superar mis límites, está la lectura.

En promedio, trato de que no pase ninguna jornada sin leer el mínimo de cincuenta páginas que establecí como promedio aceptable. ¿Ha servido? Mucho, como primera cosa a destacar puedo decir que, al bajar del escenario, tengo nociones de la mayoría de los temas que me pueda el público auditor sugerir y, gracias a la lectura sistemática, puedo responder a un gran porcentaje de las preguntas que me formulan quienes quieren saber más de mis oficios.

La mente es un campo llano que hay que sembrar hasta que se transforme en un bosque florecido y, siguiendo la figura, me gusta pensar que estoy reforestando.

Es frecuente que lea.

Por necesidad, por gusto, por disciplina, por curiosidad, por recomendación. Y, como precisamente en este último punto son infrecuentes en el cotidiano, me tomo la libertad de usar esta columna para realizar una recomendación, a los artistas especialmente, una muy provechosa.

El libro llegó a mis manos hace mucho tiempo.

Desconozco las razones de que le haya ignorado y mantenido envuelto en el empaque con que lo recibí hace años, pero entiendo, solo ahora, que fue para mejor. Necesitaba entender algunas cosas de forma sólida, con mucha práctica antes de posar los ojos sobre esta obra cumbre y clave.

Hace poco más de una semana comencé la lectura de La poética del espacio de Gaston Bachelard y me ha permitido entender, así como reflexionar y preguntarme, acerca de muchas cosas que suceden en el arte escénico, musical y poético.

Me es difícil transmitir todo lo que quisiera teniendo en mente la restricción de evitar, a toda costa, arruinar la experiencia de lectura de un libro tan cautivante, con la percepción propia que tengo de lo leído.

Por lo que no daré muchos detalles, mientras trato de insinuarlo todo.

Gaston Bachelard, filósofo, poeta, epistemólogo, físico, docente y crítico literario francés, centró sus estudios en la historia de la ciencia de la era moderna y, en paralelo, la imaginación y los procesos subjetivos que yacen detrás de ella en cada individuo.

Y es así que, en esta obra en particular, despliega muchos conceptos sin dejarse atrapar por una sistematicidad de manual o transformar su escrito en un diccionario de teoría fenomenológica. Muy por el contrario, se plantea como un individuo con su propia percepción de los estímulos que le rodean y, por tanto, con una experiencia de la realidad que puede, eventualmente, cambiar de continuo.

Se nota, de forma sutil, aunque constante, la influencia de Carl Gustav Jung en las páginas de este clásico y no pasa desapercibida la erudición de su autor, quien, con una hábil capacidad para citar textos poéticos cuando se precisa, nos muestra un desfile de teóricos, poetas y filósofos que son imprescindibles de conocer.

Pero, paradojalmente, el movimiento que provoca su lectura es, en mayor medida, interno. La reflexión, meditación e introspección sobre tópicos tan familiares, y el cómo desarrollar una interpretación sincera de los mismos, pareciera ser el móvil de la poética del espacio. Nuevamente, el esquema en que se basa guarda una estrecha relación con la conceptualización que hiciera célebre al ya mencionado al psicólogo y psiquiatra suizo Jung.

No obstante, aunque pudiera parecer predecible, la invitación a interpretar que nos hace Bachelard es de una delicadeza extrema.

En cada capítulo el autor nos propone conceptos, todos muy familiares para un lector occidental, con los cuales hemos experimentado, al menos, una mínima experiencia. La casa, el universo, el nido, los rincones, la inmensidad íntima, la dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera, por solo nombrar algunos, son protagonistas de un análisis amable y cálido en el que Bachelard transmite lo importante y trascendente del acto creativo.

Garantía de por medio, cada dos o tres páginas uno siente la necesidad de tomar una nota, de marcar una hoja, de subrayar, tal vez, inclusive, de adoptar un párrafo como un axioma de vida.

Así, si bien el título mismo nos remite a la poesía, este volumen puede remecer cualquier bloqueo mental en toda clase de artista.

Ahora que termine de leer, estoy, en cierto modo, de luto. ¿Qué obra podría ser merecida sucesora de tal referente?

¿Qué recomiendas, querido lector?