Nunca, jamás, me ha tocado estar en un funeral en el cual, a la hora del último adiós, alguien hable mal del personaje central, del difunto. No creo estar rodeado solo de santos ¿cómo podría ser, si ni yo mismo lo soy? Incluso en el funeral de mi tío, el tacaño, ese que abandonó a su propio hermano a la miseria de su mala suerte, cuando los asistentes hablaron, lo llenaron de alabanzas y elogios. Casi casi le piden al sacerdote que oficiaba el responso, que al finalizar la ceremonia, iniciara los trámites para su canonización. Después de mi extrañeza comprendí; la herencia.

Todas y cada una de las palabras escuchadas, fueron compradas con la posibilidad de tener algún tipo de beneficio económico, y me imagino que algunas de las lágrimas también.

¿Pero de que valieron todas esas palabras de buena crianza si en vida fueron pocos los abrazos que mi tío recibió por estar parapetado detrás de su escritorio y máquina de sumar?

Los afectos, los verdaderos, nunca pudieron traspasar esa barrera multiplicadora de billetes y divisora de sentimientos.

En una caja fuerte pueden caber muchos billetes y documentos bancarios, pero no cabe ni un solo afecto, esos se guardan en el corazón, o como sea que se llame esa parte intangible donde se atesora el calor de la comunión intima entre 2 seres humanos.

El recuerdo, eje fundamental de nuestras vidas, se mantiene activo cuando al cerrar los ojos, vemos la imagen de quien de una u otra manera estuvo con nosotros en esos momentos de alegría, pero por sobre todo, nos ayudó a sobrellevar una pena. En cambio, un recuerdo auspiciado por el dinero, solo durará mientras ese dinero siga en la billetera. Mientras uno puede ser eterno, o al menos dure lo que nuestra existencia en este plano de la existencia, el otro es tan fugaz como la nada misma.

Muchas cosas se pueden comprar, aunque muy pocas son las que verdaderamente se ganan.

La parábola del hijo prodigo, esa en que uno de los 2 hijos vuelve al hogar después de haber abandonado a su padre, recibiendo todo el perdón y los beneficios, incluso sobrepasando a los de su hermano que siempre estuvo junto a su padre, solo funciona en la biblia, porque si bien es cierto arrepentirse es el primer paso como para comenzar una nueva relación, el perdón de quien fue herido por acción u omisión, no es inmediato. Se debe invertir tiempo y esfuerzo en reparar el daño causado, y estaremos de acuerdo que el hecho de morir, el cerrar los ojos y dejar de existir, no conlleva ni tiempo ni esfuerzo.

Ese perdón expresado en los funerales bajo forma de alabanza, no es más que hipocresía mercantilista intentando obtener algún tipo de beneficio material.

No escribo desde la amargura, sino desde una simple constatación de hechos indesmentibles.

Por supuesto siempre ha existido y seguirá existiendo gente buena, esa que se compra a la gente con acciones concretas y no con dinero, esa que es recordada con amor, esa que, al partir, nos provoca un dolor inconmensurable, no por ellos, sino por nosotros que ya no los tendremos.

En las películas, siempre que no esté pensada una secuela, los malos siempre mueren.

En la vida real, también mueren, pero la mayoría de las veces, son glorificados y los verdaderos héroes son relegados a un segundo plano.