Archi sabida, hasta el nivel del cliché, es la frase de que “El todo es más que la suma de sus partes”, la que surgió como epítome de los postulados de la escuela psicológica de la Gestalt y sus estudios sobre los procesos perceptivos.

Muchos ejemplos pueden citarse en relación a como un grupo coordinado de personas logra objetivos de mucha mejor factura que a nivel individual.

Vemos películas de super héroes en las que, parte importante de la ficción, el equipo funciona como una máquina aceitada en comparación con cada miembro por su cuenta, super poderes incluidos. Disfrutamos en nuestra infancia de dibujos animados que nos enseñaban a trabajar en equipo, muchos de nosotros elegíamos nuestro personaje favorito en relación con su rol en el grupo.

Nos es grato, en la vida adulta, trabajar con personas con una visión y objetivos similares. Sorprendidos por la magia de un pensamiento colectivo somos más productivos, nos enfocamos mejor y logramos, que duda cabe, superar tareas que no podríamos haber enfrentado exclusivamente con nuestras herramientas.

Las artes, especialmente, son un caldo de cultivo para la experimentación conjunta. Entre más miembros existan, es más probable que surjan más ideas que, una vez transformadas en un todo coherente, podrían conllevar resultados interesantes.

Pero aquello no siempre sucede. Las buenas intenciones, por sí solas, no son suficientes.

Se requiere de organización, de saber delegar, de estar conectado, de dar el cien por ciento y, ante todo, de ser honesto, al reconocer las propias habilidades y las propias limitaciones.

Las artes en Chile, en Latinoamérica podría agregar, son vistas como algo nimio, de poca importancia, carente de profundad y sin un peso relativo a considerar por las autoridades.

Y eso es, en gran medida, culpa de los mismos artistas.

He pertenecido a “organizaciones”, formales e informales de distintos rubros del arte y la mayoría parece más enfocada en que sus miembros se conozcan, se sonrían y alaben gratuitamente, en vez de, en establecer un método de trabajo que permita enfrentar, sostenidamente, la precariedad a la que nos enfrentamos en nuestro cotidiano.

En mis primeros años de inmersión en las artes y la cultura pensé que tal fenómeno tenía que ver con el tratar de incluirme de buena manera en un grupo en el que yo era el nuevo. Pero el tiempo comenzó a pasar y las reuniones seguían siendo caóticas, los correos poco claros, los objetivos caliginosos y, en fin, la participación y compromiso escasos.

¿Elecciones de nuevo directorio? Rara vez más de tres candidaturas, escasamente una directiva que no se repitiera con respecto al período anterior.

¿Llegar a la hora acordada? Nunca más de un 50% del quórum.

¿Trabajar por igual? Nunca. Independiente del arte, de la organización o fundación, el mayor porcentaje de las labores suelen recaer en las mismas personas, que terminan siendo explotadas por un grueso de colegas que, simplemente, nada hacen.

Han pasado años, han pasado décadas y, en ciertas colectividades, el avance es muy poco e, incluso en algunas, nulo.

Se nos van las horas de reuniones, las semanas, meses y años en escuchar vanas auto referencias de psicópatas sublimados por sus pares a la calidad de artistas, quienes no buscan más que alimentar su ego, pero igualmente el medio les sigue aplaudiendo.

Padecemos de una ceguera contumaz y continuamos reuniéndonos, presencial o virtualmente, a tomar café, comer galletas, chismear sobre los colegas ausentes y, en resumen, producir nada concreto que nos ayude a abrir los círculos, en extremo auto complacientes y tecnócratas, en que estamos.

¿Pensar en el público? No lo he visto muchas veces como la prioridad.

Por lo demás, más de alguno se queda contento con la agenda o la canasta familiar que le regalan a fin de año, como si fuera un beneficio trascendente y heredable, que bien pudo comprar por sí mismo con el dinero que año a año invierte en unas cuotas que no se traducen en beneficios o protección para los socios que estas agrupaciones pretenden proteger.

¿Cuál es el sentido de integrarse, entonces, a gremios inocuos?

Tal vez mi experiencia ha estado teñida por la mala fortuna, pero es cierto que he recorrido muchos oficios y, salvo quizá por el ambiente y la calidad de la conversación, en términos generales no hay demasiados matices que comentar.

Estamos lanzando por el drenaje un poder colectivo potencial de aumentar la inversión en proyectos de cultura de parte del Gobierno, de tener un Ministerio que nos acoja y profesionalice, oportunidades de perfeccionamiento, de estudio, de capacitación.

Tan poco congregados estamos, lo digo especialmente en relación con oficios no certificados y donde quien lo desee puede definirse como profesional, emperador, mariscal de campo o general benemérito, que no sabemos siquiera jerarquizar nuestra calidad como cultores de tales disciplinas.

Hemos manoseado tanto conceptos como rescate, primer, patrimonio, fomento lector, tradición, raíz, herencia que ya escucharlos se ha transformado en una mera inflación del lenguaje intraducible en un quehacer honesto y conectado con lo que se quiere transmitir.

¿Vamos a seguir haciendo lo mismo en esta naciente década? Podrá parecer un diagnóstico prematuro, pero creo sí, pues no tengo evidencia que me permita sostener lo contrario.

La mediocridad se sigue ocultando tras la libertad de opinión y un “hago esto porque me gusta”, ya clásicos y que tanta urticaria causan para quienes estamos tratando de hacer cosas importantes en un medio que miente y, además, es hostil, egocéntrico y envidioso.

Emprendiendo el vuelo en solitario logro ver horizontes más lejanos que con un grupo de colegas como grillete colgándome de los pies.

Renuncio, desde hoy, al poder colectivo que fine querer avances para girar sin mover un pie y quedarse en el mismo sitio.

Desde hoy en adelante mi colectivo estará compuesto por mi conciencia, mi trabajo, mi ética, mi disciplina, talento y mi compromiso.

A nivel individual, también, “el todo es más que la suma de sus partes”.