Nuevamente, con una mezcla de amor-odio, recurro al diccionario de la Real Academia Española.

Festival

  1. adj, desus. Festivo.
  2. Fiesta, especialmente musical.
  3. Conjunto de representaciones dedicadas a un artista o un arte.

 

Trato de entender, a cabalidad, el concepto.

Me sorprende la diferencia entre lo sucinto y resumido de las acepciones que encuentro en la organización que cree regir nuestro lenguaje y su contraparte, los artistas.

Solo con ir a lo más básico del constructo, sin agregarle complejidad, ya observo un continente de distancia. Ni hablar de ponerle adjetivos, palabras hoy sosas y usadas muchas veces para impresionar, que podrían añadir, aún, menos consenso.

Folclórico, televisivo, popular, internacional, competitivo, artístico, musical, de la canción, etc.

Y es que la palabra festival, sin aditamentos, pareciera ser de una aridez filológica inmarcesible.

De partida porque la mayor parte de los festivales buscan distinguirse de otros.

La primera discrepancia es que hay algunos en los que la parrilla, en todo ámbito, es cerrada, decidida previamente por los organizadores y sin el objetivo de abrirse a permitir la participación de la comunidad más que como espectador. Otros, en cambio, abren concurso para ser parte de una competencia, para lo cual los eventuales participantes deben leer, acatar y respetar las bases propuestas para que, en teoría, todo mundo tenga igualdad de posibilidades de clasificar, inicialmente.

No obstante, a pesar de existir esta amplia discordancia entre unos y otros, podemos encontrarnos con el mismo trecho abismal entre dos festivales cuyo diseño de bases lo permita.

Me voy a referir a algunos puntos, enfocándome solamente en los que atañen a la música y sus derivados.

No hace falta ser un erudito o participar en un certamen de esta índole para encontrar que no todos son concebidos con el mismo objetivo. Hay festivales que privilegian y motivan la creación de nuevo repertorio, alentando a los compositores a mostrar sus trabajos, mientras que otros se centran en consolidar y dar cabida a propuesta musicales que cuentan con cierta trayectoria.

En cuanto al número de participantes esperado hay poco consenso.

En raras ocasiones se privilegia al músico solista, acompañado de su instrumento y voz. Es constante encontrar que existe la falsa premisa de que más músicos en escenario crean un producto más digno de ver y escuchar. A veces, inclusive, pareciera dar la sensación de que entre más músicos e instrumentos sean incluidos, es más probable ser parte.

Mera ilusión, sobre todo si tomamos en cuenta que algunos festivales se auto erigen como defensores de la raíz centrina de la música más pura y tradicional de nuestro país, no obstante, menosprecian el formato más apreciado por los antiguos cultores por su simpleza: una voz y un instrumento.

La vertiente competitiva es otro lugar donde existen diferencias drásticas. Un puñado de festivales alude a la buena voluntad, al compañerismo y la camaradería de compartir sin competir, seleccionando a sus exponentes según un criterio estético que permita armar jornadas donde el estilo y los repertorios sean parecidos, mientras que otros se rigen por ofrecer un premio mediante un jurado que evaluará cual es la mejor canción, e interpretación, juzgando cada tema de acuerdo a su calidad musical y lo contagioso y coreable que sea. El honor de ser reconocido se suma a un diploma, galvano (cada festival se pone creativo en cuanto al nombre que otorga al suyo) y un premio en efectivo, variable de acuerdo al presupuesto.

Entre más bases de concurso revisemos, encontraremos más y más divergencias.

Sin embargo, creo que en este momento vale enfocarse en las similitudes.

En la mayor parte de estos eventos la participación no es abierta por completo. Se invita y convoca a artistas “consagrados”, lo que Chile está muy alineado con aparecer en televisión o tener aliado estratégico, para ser los platos fuertes. Lo curioso es que, con ello, la competencia y/o la participación de agrupaciones y ensambles de artistas emergentes queda en segundo, y hasta tercer, plano; tomando en cuenta la inclusión de humoristas.

Otro aspecto en el que el artista local suele ser vilipendiado es respecto a los honorarios a recibir, ya sea compitiendo o no. Es común escuchar, cuando se está siendo considerado para cubrir parte de una jornada, que solo se ha considerado un “viático”, un “simbólico”, un “sueldo acorde a mercado” y otras descripciones que, mal común, siempre son menores a lo que la organización querría fruto de que el presupuesto está ajustado por la razón x o y. No obstante, un grupo de trayectoria siempre podrá exigir un mínimo millonario y tener la posibilidad de ganar el dinero que se proponga con tal de que no disienta de participar.

Lo mismo cabe para el tiempo en escenario, la prueba de sonido, el uso de luces y/o gráficas, el catering, la calidad del alojamiento, el tamaño de los camarines, también, como no, en los plazos para recibir los pagos. El artista en formación, que es quien más ayuda necesita para dar a conocer su trabajo, es un mal necesario.

Con todo esto, ¿Por qué los artistas en desarrollo siguen esperando algo de los festivales?

Ese mundo arribista, inescrupuloso, injusto, desigual y donde el conducto regular es el rey, ¿Es distinto a la realidad cotidiana? No lo creo.

¿Por qué seguir buscando agua en el desierto?

Cada vez que hay un festival surgen las quejas, las críticas, el rasgar de vestiduras, las declaraciones de ira en redes sociales, entre otras cosas.

Para que alguien gane, alguien debe perder. Y suele ser que cuando nadie gana, pierden todos.

Dudo que un festival pueda dejar contento a todo el mundo, pero más dudo que alguien considere cambios en una herramienta y vitrina, circunscrito más a un modelo de negocio que a ser festivo, dedicado a la música, o fungir de homenaje.

Pero claro, puedo estar errando el tiro.

O puede que se equivoque la RAE.

Bien pudiera ser que nadie acierte acerca de la naturaleza de un festival, con salvedad de quienes los organizan.

 

 

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