Un ensayo que hay que leer para entender el concepto de libertad de expresión es la libertad de prensa que sirvió como prólogo de La rebelión de la granja, la novela de George Orwell. Allí el novelista nos recuerda un principio relacionado a la noción de libertad cuando cita a Voltaire: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”. La libertad de expresión es uno de los derechos elementales de los ciudadanos en una democracia, pero no siempre es seguro que las cosas nos saldrán bien por opinar, ni siquiera en un Estado de Derecho.

El escritor y matemático, Enrique Gongora, nos cuenta, en un artículo que se pierde en la década de los noventa, el triste relato del destierro de Aristides “el justo”, el estadista ateniense quien para Heródoto fue el mejor y más noble hombre de Atenas; Platón también le reservó mucho respeto. Cuando estaban contando los votos para decidir su destino, estando Aristides presente, un ciudadano se acercó y sin reconocerlo, pidió anotar su voto en contra. “Aristides le preguntó ¿por qué quieres exilar a Aristides? ¿Te ha hecho algo? No, respondió, no me ha hecho nada, pero no soporto lo justo que es. Se consiguieron los tres mil votos necesarios. Arístides fue desterrado”.

No solo Aristides fue desterrado de su patria que era una democracia. También Sócrates, nos dice Gongora, fue condenado por la asamblea de ciudadanos y Protágoras, Anaxágores, Eurípides, Aristóteles, Teofrastro y, por qué no mencionar al desafortunado Tersites, que, aunque sea parte de la mitología, fue golpeado por Aquiles por dar una opinión. Tal vez, lo que quiso hacer Homero fue una metáfora de la libertad de expresión. Estas referencias sirven para ilustrar que desde tiempos antiguos las personas que pensaban, tampoco era que les iba bien, pese a que vivían en comunidades democráticas.

Sin embargo, y nadie les quitará ese crédito, los griegos inventaron el arte de ordenar la vida de la polis, o sea, la política. Para mí, la política es el espacio donde se logran los consensos de la ciudadanía para tomar decisiones. Esas decisiones no se pueden tomar sin la discusión y la consulta. En El Príncipe de Nicolás Maquiavelo encontramos que la política es la ciencia y el arte del poder. No quiero pecar de ingenuo, creo que la del diplomático y cortesano del Renacimiento está más acorde con la realidad.

Por eso Robert Greene nos recuerda en su libro Las 48 leyes del poder, a Maquiavelo: “Todo hombre que intente ser bueno todo el tiempo terminará arruinado entre la gran cantidad de hombres que no lo son”. Añade Greene: “También nuestro mundo actual se considera el pináculo de la equidad y la justicia, pero son las mismas oscuras emociones de siempre las que laten dentro de cada individuo. El juego es el mismo”. Todos sabemos que, en nuestras democracias modernas y nuestra política criolla, se juega a una política disfrazada, no con el terciopelo cortesano del Renacimiento, pero igual de oscura y perversa.

Dice Fernando Savater en su libro Política para Amador que “…los griegos inventaron la polis, la comunidad ciudadana en cuyo espacio artificial, antropocéntrico, no gobierna la necesidad de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses, sino la libertad de los hombres, es decir: su capacidad de razonar, de discutir, de elegir y de revocar dirigentes, de crear problemas y de plantear soluciones. El nombre por el ahora que conocemos ese invento griego, el más revolucionario políticamente hablando que nunca se haya dado en la historia humana, es democracia”.

Dice Gongora: “la democracia no es el mejor, sino el menos malo de los sistemas de gobierno”. La libertad de expresión en las sociedades democráticas tiene sus contradicciones. La libertad intelectual y artística, sobre todo, se ha debatido en tensiones democráticas donde no precisamente reina la justicia y la libertad. En el escenario político una opinión sincera, despojada de miedo, puede generar serios problemas a su autor.

No todos somos iguales, pese a vivir en democracia. Somos iguales porque somos personas con los mismos derechos y deberes, y, supuestamente, con la misma dignidad; una dignidad que parece ya no importar demasiado, porque de dignidad no se vive, piensan algunos. Lo que nos hace verdaderamente distintos es, precisamente, nuestra forma de pensar y actuar. A veces expresar un pensamiento puede meternos en problemas, sobre todo si es político, como les pasó a los antiguos griegos que citamos.

Me alegro de poder escribir de un tema como este sin ser politólogo y, aunque no soy especialista en ciencias políticas, me siento más tranquilo de saber que podemos expresar una idea y no ser condenado al destierro o la cicuta. Pero hay algo peor, y quiero decirlo con otra cita tomada del prefacio de la obra de Orwell “En este país la cobardía intelectual es el peor enemigo al que un escritor o periodista deba enfrentarse…”

 Directorio de narradores orales 

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