A la gorra”, una expresión cuyo significado es la gratuidad, convida a analizar los pormenores de la narración oral desde la rentabilidad, término definido siempre como economía del dinero, pues aunque existen otros tipos de rentabilidad, como la social, la humana, la artística, la formativa, etc, descartados de todo proceso evaluativo actual, porque no son fácilmente convertibles en cuantos, para, de acuerdo con los lineamientos de la contemporaneidad, definir el valor de un hecho. 

Cada quien elige el tipo de rentabilidad que espera obtener por su oficio de narrador, transitando el camino de la narración oral como vocación para hacer más participativa la vida, o como como una forma de llegar a la fama o al estrellato.

Debido al ímpetu cobrado por esta especie de sucedáneo del teatro, ambas tendencias cuentan con espacios idóneos para su desarrollo en el mundo de las convocatorias, adonde pueden acudir quienes sencillamente aman contar historias y quienes, aunque también suelen acompañarse de la pasión por contar historias, no prescinden del rédito económico por considerar su ausencia como un descenso de profesionalismo.

En este punto del escrito se nos ocurre hacer una pregunta y es: hasta dónde está dispuesto a llegar el narrador oral de una y otra tendencia, para lograr la rentabilidad a la cual aspira?

La experiencia nos remite a la fácil digestión espiritual de quien cuenta, estimulado por la necesidad de contactar con el público para compartir las emociones invocadas por el relato, y los esfuerzos por impactar de quien cuenta empujado por la necesidad de prevalecer como actor, y elabora en escena un culto a la personalidad. 

Algo nos sugiere que son muy distintos los componentes de una acción encaminada a compartir emociones y los de una orientada a impactar, pues mientras la primera es un acto de comunión, la segunda es un ejercicio de poder que convierte el relato en un subalterno. 

El objetivo del estímulo, o rentabilidad, en el ejercicio artístico, para aclarar que no solo ocurre en la narración oral, define la manera cómo el arte incide en el desarrollo de una sociedad, pero al mismo tiempo define su propio derrotero, pues dependiendo cómo el artista proyecta su labor hace de su obra un componente de compromiso para el desarrollo o uno de utilitarismo, para el mantenimiento del statu quo.

Quien narra, por más impulsado que se encuentre por la inercia del oficio no tardará en entender si se comporta como un comunicador social, y por ello portador de elementos esenciales para la protección de una identidad cultural, o simplemente está asumiendo con obediencia las exigencias del espectáculo de entretenimiento y se dedica a fortalecer uno de los objetivos esenciales de la contemporaneidad cual es distraer para obviar los procesos analíticos.

Cada quien elige el camino a través del cual desea conducir su oficio y cómo influir en los demás. Cada quien decide si ayuda a construir, acudiendo al relato como parte de la historia, o  si por el contrario niega la exigencia de esta, y se dedica a contar para divertir.

Estas son preguntas necesarias, porque el crecimiento exponencial de la narración oral no es consecuencia del azar, sino de la necesidad del ser humano de compartir recuerdos, cada vez más distantes de su memoria como consecuencia de la influencia lúdica de la tecnología, al parecer, muy comprometida con el entretenimiento.  

 Directorio de narradores orales 

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