Leer es un derecho. Solemos escuchar esta sentencia con frecuencia. El derecho a la información, la alfabetización, la ciencia, la educación; el derecho a la palabra hace que la lectura sea un requisito indispensable para que los ciudadanos sean realmente libres y sean más felices. Es uno de los derechos que pueden mejorar la calidad de vida de los sujetos. Podemos ir más allá y decir que el derecho a la palabra es también el derecho a la metáfora.

El derecho a la metáfora implica muchas cosas como la apropiación de un mundo que posibilite la edición de presencias y ausencias, silencios y ruidos, sueños y memorias; porque leer es el único derecho que propicia los sueños e ilusiones, los ideales y las esperanzas que son la base de los proyectos de vida. Cuando los pueblos pueden imaginar, tienen claro lo que hay que cuidar en el presente y construir para el futuro.

En los escenarios actuales del mundo, parafraseando a Daniel Cassany, leer es el derecho que puede hacer que los sujetos sean más dialogantes y tolerantes, porque a través de la lectura se ejercita el criterio y el pensamiento crítico, que son elementos implícitos en el acto de leer; herramientas del pensamiento que propician formas de entender el mundo y confrontar sus tensiones. Como instrumento principal en materia de los derechos del ser humano, la lectura contribuye a formar ciudadanos más solidarios, respetuosos, empáticos, autónomos y capaces de resolver conflictos en el marco de una democracia maduras y justas.

Leer es el derecho de los seres humanos que los motiva a imaginar y habitar mundos posibles; el derecho a trabajar por ese mundo desde la creatividad para cambiar la imagen brutal de la violencia. Este derecho poético es también un derecho sustancial de los derechos humanos implícitos en la cultura en todas sus formas, porque las palabras y las lecturas se cruzan con todas las realidades. Desde la diversidad y la interculturalidad, el diálogo con los conocimientos de los otros y las relaciones interculturales que pueden ofrecer el simple hecho de leer un libro.

En el universo del libro existen también maneras de compartir la alegría de leer en momentos especiales. Las personas suelen leer desde diferentes situaciones de lectura y desde disímiles acciones que los acercan al libro. Existen momentos y espacios donde los libros adquieren un valor especial para ser homenajeados o recordados como una de las invenciones más fascinantes en la humanidad.

Uno de esos momentos es la Semana del Libro, que se celebra en Panamá desde 1942, pero está institucionalizada por Decreto desde 1957 y se celebra del 22 al 29 de septiembre. Un mes dedicado a recordar el libro. A nivel nacional, desde las instituciones escolares, sobre todo, la Semana del Libro se recuerda con mucho cariño con actividades de todo tipo organizadas por los maestros y los estudiantes.

Es bueno saber que aún se recuerda esta fecha y me ha alegrado ver cómo desde nuestras instituciones se han organizado acciones como el trueque de libros del Ministerio de Cultura, que se realizará el 30 de septiembre en el parque Andrés Bello, para cerrar con broche de oro la Semana del Libro. También la Alcaldía de Panamá realizará su tradicional feria municipal del libro, del 28 al 30 de septiembre. La Universidad Tecnológica ha preparado un ciclo de conferencias y conversatorios en las mismas fechas. En las escuelas, los estudiantes están listos para realizar acciones de promoción de lectura y las bibliotecarias desde las bibliotecas trabajan sin parar.

Apenas el 22 de septiembre fui a visitar una escuela en Arraijan, en un sector de los suburbios y en un entorno que no muchas veces es el más seguro, pero me gustó ver a los docentes con sus sombreros creativos y coloridos, a los niños con cuentos en las manos; un ambiente alfabetizado y alegre donde el libro es el centro.

¿Por qué cito estas acciones que no parecen ser demasiadas ni tan grandiosas para hacerles tanta alharaca? Porque creo que, en medio de tanta violencia urbana, muertes innecesarias de niños y mujeres, ya sea por la brutal naturaleza o la mano criminal; los procesos judiciales de escándalos de corrupción que acaparan la atención de los medios; la imagen degradante de un mundo que parece caerse a pedazos por la guerra y el daño ambiental; en medio de todo, todavía hay acciones desde los sectores públicos y privados que hacen cosas para hacer la diferencia. No todo es malo.

Pese a que en Panamá las políticas de lectura están descuidadas y no ha habido forma de que un plan nacional de lectura se haga realidad y llegue a todos los sectores (no solo el escolar), pese a que el Pacto del Bicentenario llama a la necesidad de rescatar la triste realidad de las bibliotecas, los que aman los libros y conocen los poderes de la lectura, esos héroes anónimos que aún existen siguen contra viento y marea caminando. Es su destino. Es su condena y su felicidad.

 Directorio de narradores orales 

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