Me encuentro en un centro comercial, uno de esos templos del consumismo extremo donde las víctimas inocentes de su actuar irreflexivo, son sacrificadas sin piedad alguna, a 3 meses precio contado, al momento de usar su tarjeta de crédito hecha grillete.

Odio venir y pasearme con fingida cara de interés, pero no siempre me puedo escapar a las sutiles de desamor por parte de ella, quien argumenta en tono lastimero que, porque no la acompaño, no la quiero, y por supuesto, termino cediendo.

Mientras espero a mi esposa, quien le está provocando una severa hernia a la tarjeta de crédito, estoy sentado frente a un monitor gigantesco donde se muestran las ventajas de ser diferente.

Obviamente los protagonistas son todos jóvenes rupturistas con el sistema imperante, así como todos lo fuimos alguna vez, pero que indefectiblemente, terminarán todos uniformados de rupturistas, favoreciendo obviamente la venta de los productos indispensables para ser un buen rupturista.

Declaró abiertamente mi empatía con las diferencias, siempre y cuando estas sean honestas y cuidadas en el sentido de que hubo una reflexión para evidenciar esa diferencia y no sólo fue una moda impuesta por señores de cuello y corbata sentados tras sus escritorios de caoba, mismos señores que por ningún motivo usarían lo que venden.

Antes cuando nacía un bebé, la ropa era blanca, un color neutro, aunque no sea un color sino un valor, y así se eliminaban los problemas de haber elegido mal el color, porque tradicionalmente los rosados eran para niñitas y los celestes para niñitos.

Hoy en día el mercado se vale de la ecografía con la cual se sabe el sexo del bebé antes de su nacimiento y ya existen ropas para recién nacidos de la más amplia gama de colores, con lo cual se agrandó el mercado de las posibilidades y con ello las ganancias.

Lo sé, eso de los colores adecuados en función de los sexos, es anticuado, aunque es innegable que la postura aún prevalece.

La imagen del che Guevara debe ser una de las más estampadas en poleras juveniles, personaje anti sistema que involuntariamente, gracias a los rupturistas, ha mantenido un buen nivel de ventas para darle estabilidad al sistema.

La publicidad en la pantalla frente a mí, disfrazada de empatía para con los jóvenes, como siempre lo hace, usa esa empatía o el deseo de ser, para venderle al grupo objetivo algo que no necesita, pero que hace aparecer como indispensable para afianzar su identidad.

¿Y cuál es la novedad?

El mercado con su artillería publicitaria intenta convencernos de lo indispensable de comprar aquello que no necesitamos, y lo peor de todo, lo logra.

Contra una enfermedad, nuestro cuerpo es capaz de generar anti cuerpos para resistirse y terminar venciendo a un patógeno agresor, pero contra la enfermedad del consumismo pareciera no existir cura.

No sé a ciencia cierta cuando comenzó esta pandemia descontrolada que nos está esclavizado ni tampoco sé si existe alguna remota posibilidad de erradicarla, aunque la esperanza nunca muere y logremos al menos controlarla.

 Directorio de narradores orales 

Búscanos en: