Hace unos pocos días Chile tuvo la oportunidad de cambiar su futuro, revertir la injusticia y la desigualdad, ocuparse de asuntos profundos que podrían dar un cambio de timón al destino del país, recuperar su soberanía y transformarnos en “la copia feliz del Edén” como, con más vehemencia que cordura, dicta su himno nacional.

Nada de eso, lamentablemente, se traducirá en una realidad concreta.

Ganó la opción que mantiene el triste, y abusivo, status quo imperante. Muchos de los falsos argumentos para votar rechazo se cimentaban en la carencia de información adecuada, en mal interpretaciones convenientes y, como no, en mentiras. Pero aquí estamos, en la misma mala situación de siempre.

Gran parte de las razones que comenta el ciudadano promedio tienen que ver con el impedir que los símbolos patrios cambien, con la censura y suspensión de ciertas tradiciones, con una desmesurada tensión por perder algo de la identidad que Chile, inocentemente, cree tener. Claro está, para los que leímos el boceto y borrador de nueva constitución, que ninguno de ellos aplica, tiene que ver con el documento o, siquiera, posee un asidero lógico más allá de una efectiva, pero malintencionada, campaña del terror en la que los medios fueron cómplices.

Los más fundamentalistas aducen a la ignorancia reinante, los más conservadores, como yo, eludimos tal causalidad, pues quienes colaboraron con la desinformación, el odio, las fake news y, en definitiva, el que los privilegios de unos pocos se mantengan, sabían muy bien lo que hacían.

En esta semana, de Fiestas Patrias, me sigo preguntando, ¿Cuál es la identidad chilena?, ¿Qué somos cómo país?, ¿Cuál es nuestro verdadero patrimonio?

Reflexiones, sin duda, portadoras de noticias desalentadoras.

Ser heredero del canto a lo poeta, difundir y revitalizar la paya, cultivar la poesía popular y el cuento chileno son, justamente en Fiestas Patrias, una bendición a la vez que una condena.

Es una época en que se evidencia con mayor frecuencia la tergiversación del duelo improvisado entre cantores en formatos poéticos de extrema dificultad y exigencia estética a cambio de unas rimas sosas, sin sentido e impacto poético nulo. No obstante, la televisión, los periódicos y, como no, el chileno promedio; prefieren esta última vertiente.

Es una época de observar como el maltrato animal se viste de gala para tener una mayor cobertura y profusión en el acto de enseñorearse, unos pocos, jactándose de golpear a diestra y siniestra a un novillo indefenso a fin de sentirse mejor jinete. Sin embargo, si uno entabla una conversación con cultores antiguos, con arrieros que de verdad consagran su vida al cuidado y protección del ganado, nos encontraremos con que para ellos el rodeo no se trata de nada más que de juntar las reses, caballos, potrillos, yeguas y animales, en general, para su conteo y marcado, evitando futuros conflictos con sus vecinos y llevar un inventario de todo lo que pertenece a uno u otro, además de compartir.

Es una época donde a la décima se le falta el respeto y, en vez de entenderse un brindis como una sucesión de diez líneas octosílabas perfectas que tienen un fin de celebración, jocoso, a la vez que metafórico, se convierte en una estrofa sin forma determinada, con rimas febles y que, simplemente, es una excusa para decir groserías, mostrar machismo y ofender a quien quiera que sea el interlocutor que tenga por protagonista.

Usualmente un adversario político, una minoría disidente o un migrante.

Es una época de escuchar piezas musicalizadas que, sin tener la estructura de cuarteta, dos seguidillas y remate, se plantean masivamente como “cuecas”, desconociendo y ninguneando la riqueza musical, literaria e histórica de las que realmente lo son.

Es una época de “disfrazarse” de huaso, rapa nui, la tirana, mapuche… Sin entender que se trata de vestimentas, que La Tirana es un pueblo y no un atuendo, que los aditamentos que se venden en el supermercado no son más que una triste caricatura sin significado, por lo que solo estamos haciendo apologías a un adorno más que a lo que verdaderamente es un símbolo.

¿Apropiación cultural? Con toda seguridad.

Y, peor aún, trate Ud. de informar, de compartir conocimientos y de corregir estos reiterados y atesorados errores, al momento será víctima de rótulos horribles y de insultos.

Si el objetivo de las Fiestas Patrias es mostrarnos a nosotros mismos quienes somos, entonces se cumple con creces. Septiembre es el mes en que más polarización política existe, en que nuestras heridas de carácter nacional salen a flote y por todas partes brota la ignorancia, la discriminación, el humor chabacano, la falta de interés en lo importante, el consumismo, el racismo, el machismo y la embriaguez.

No sabemos ni quiénes somos, pero nos empeñamos en no ser otra cosa, paradojalmente.

Nos han mentido tanto que estamos, en gran medida, en un terrible conflicto interno.

Si Chile fuera un individuo sería aquel que no va a terapia escudándose en que no está loco, sin responsabilidad afectiva o emocional y que es una influencia negativa para todo su entorno cercano.

Ese que no es invitado a ninguna reunión social porque habla temas de los que desconoce, pero auto erigiéndose como especialista. Que no sabe dialogar, pero grita y ofende a quien piensa distinto. El que recurre a la violencia, y la justifica, cada vez que lo cree necesario. El esclavo con síndrome de Estocolmo que defiende a su captor a brazo torcido. El inestable atormentado que no disfruta de la vida y que elige cada día sabotearse a sí mismo por un vano orgullo.

Afortunadamente, habemos muchos rebeldes que elegimos ser chilenos todo el año y no porque un par de jornadas escritas con color rojo en el calendario nos impongan una celebración en torno a lo que no es conmemorable.

Chile debe hacerse cargo de su salud mental.

 

 

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