Dada mi situación económica, siempre al límite, nunca me he podido dar un año sabático, pero, auspiciado por mi señora quien extrañamente, esta vez no puso ningún reparo, me di una semana de paréntesis solo para mí. En realidad, no estuve tan solo, porque logramos formar un grupo de 26 personas para viajar a un pequeño paraíso donde practicar lo que se ha transformado en nuestra pasión de vida; volar en parapente.

Fueron 7 días a full, durante los cuales disfrutamos a más no poder. Volábamos como máximo una hora y media por día, pero estábamos 24 horas en el aire, ya fuese efectivamente volando, hablando de ello, contándonos anécdotas siempre exageradas, soñando con pájaros, viento y nubes, compartiendo con otros nuestra pasión, sin importar otra cosa que no fuese el sentirse libres en el cielo.

¿Volar en parapente es un deporte de alto riesgo?

Nacimos sin plumas y pesamos demasiado, por lo que es innegable el hecho de que somos intrusos en un espacio del cual no somos parte de manera natural, pero sin duda alguna, dado nuestros tiempos de individualismo exacerbado, lo que algunos podrían considerar el mayor riesgo de todos, es el de llegar a conocer más que a otras personas, a otros seres humanos libres de etiquetas impuestas.

Si, el riesgo existe y no es menor.

Existe un dicho entre aquellos que volamos; no existen ni buenos ni malos pilotos, solo existen pilotos viejos.

Cuando recién daba mis primeros aleteos de polluelo, no lo entendía a cabalidad, sobre todo porque para mí, los buenos pilotos eran aquellos capaces de superar cualquier contra tiempo tal como condiciones climáticas adversas, parapentes difíciles de pilotear o explorar lugares imposibles para un vuelo seguro.

Después de practicar este deporte por más de 28 años y haber pasado por el dolor de perder algunos amigos con quienes compartíamos esta pasión, entendí que los buenos pilotos no son aquellos que aprietan los dientes y despegan a como dé lugar, sino aquellos capaces de evaluar correctamente las variables en juego, y después de meditarlo a conciencia, no despegar. Un buen piloto no necesita demostrarlo en el aire. No necesita demostrárselo a nadie más que a si mismo al tomar las decisiones correctas.

Como en toda pasión compartida, no necesariamente se debe competir para ganarle a otro, sino competir consigo mismo. Cuando asumimos el riesgo con el cual aprendemos a convivir cada vez que estamos a cientos de metros sobre el suelo, sustentados por un trozo de tela, nos lleva a tener una relación de ínter dependencia con nuestros pares, porque algún día pueden necesitar de mi ayuda y yo la de ellos.

En la vida, siempre debería ser así, pero lamentablemente nos hemos transformado en seres egoístas centrados en nuestro individualismo.

Por eso me gusta visitar el cielo, porque a pesar de depender sólo de mí, siento que todos somos uno.

La sociedad seria otra si todos volásemos en parapente.

 

“Una vez que has visitado el cielo, miraras hacia arriba añorando el momento de volver a estar ahí”.                                                                                  Leonardo da Vinci.

Ya estamos planificando otro viaje.

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