El objetivo social de las expresiones artísticas ha ido despareciendo, para dar paso a actividades diseñadas para el entretenimiento, y disimuladas con el maquillaje de artísticas, para poderlas situar, sin rubor, como parte de los proyectos culturales de los organismos públicos y privados. 

La extinción del objetivo social de la actividad artística no es casual, y los mecanismos provocadores de la misma tampoco son nuevos, porque forman parte de la controversia humana que se da entre el poder y la subordinación por ocultar información manipuladora por parte del primero y de ponerla al descubierto, por parte de la segunda.

Podemos hablar de casos que aún están al alcance de nuestros recuerdos vivenciales, como por ejemplo, la trivialización del teatro, cuando este comenzó a convertirse en una disciplina artística incómoda para los detentores del poder, cuyos excesos estaba decidido el teatro a mostrar de muchas formas, y surge entonces lo que podríamos denominar el teatro de variedades cuyo objetivo simple y llano era distraer al oyente y enrolarlo en las filas de la diversión constante para evitar que abandonara la sala del espectáculo, cargado de preguntas.

Y lo mismo ha estado ocurriendo con las demás disciplinas cuyo producto es susceptible de contener ingredientes cuestionadores, tradicionalmente planteadas por el creador o el artista para hacer un juicio a la sociedad, como la literatura, las artes plásticas y todas aquellas disciplinas que deciden subir a escena para ser más sugestivas al espectador, como es el caso actual de la narración oral.    

A medida que la tecnología ha ido sofisticando sus modelos y perfeccionado su alto contenido lúdico, para ser más llamativa, y volverse imprescindible en los tiempos actuales, caracterizados por un hedonismo compulsivo, por la búsqueda incesante de una comodidad cuyo objetivo fundamental es liberar al individuo de preocupaciones diarias y de preguntas sobre el acontecer social, que conduzcan a la angustia y a generar cargos de conciencia, esta, la tecnología, se ha convertido en el mecanismo encargado de la extinción permanente del objetivo social de la actividad artística, actuando de una manera imperceptible, con la producción rápida de eficientes mecanismos de distracción, entre los cuales se destaca un abultado y por demás apurado flujo de información, con apariencia de conocimiento, y que le ofrece al individuo la idea de que se halla en el mundo ideal en donde el saber llega pronto, en gran cantidad, y sin exigir ningún esfuerzo adicional a la manipulación de un artificio de la tecnología.

Cada día estamos menos expuestos a la difícil digestión intelectual que exige la lectura y consecuente análisis de un libro, a la asistencia a una sala de teatro dentro de la cual se plantean severos problemas sociales y a la participación en un concierto de música diciente, porque la lectura se ha ido deprimiendo, pues ya pocos leen por entregarse al ejercicio de oír  y mirar, claro está, sin garantizar escuchar y ver, lo escénico se ha dedicado a provocar la risa en grandes proporciones, y la música ahora lleva el mensaje de esas pasiones provocativas, mantenidas en silencio a lo largo de la historia y por ende convertidas en obsesiones que despiertan con cualquier sonido que rememora los latidos del corazón, y que son los más escuchados en una sociedad en la que el raciocinio no es más que una expresión.

Ahora lo que importa es incrementar la distracción, y por ello, quienes supuestamente se dedican a actividades artísticas están muy embebidos en la búsqueda del episodio que les permita competir por destacarse como el que mayor risa provoque.

La extinción del objetivo social en el arte se ha convertido en una obsesión, que aprovecha la restricción de funciones físicas, como consecuencia del manejo de dispositivos con menor exigencia de contacto manual, y el cada vez menor empleo del cerebro en labores de discernimiento, para ayudar a ponerle freno al proceso de humanización del que nos habló tan pedagógicamente el señor Darwin.

Ya va siendo tiempo de que empecemos a buscar un nombre, para reemplazar la enorgullecedora expresión “condición humana”

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 Directorio de narradores orales 

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