Recientemente fui jurado del Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, que organiza la Universidad Tecnológica de Panamá. Es la segunda ocasión que soy parte del jurado de este reconocido certamen internacional. La primera vez fue en la versión 2014-2015, también en la categoría de novela, la cual ganó el costarricense Carlos Cortés con la obra Mojiganga. En aquel momento, mis compañeros de jurado fueron Rafael Ruiloba y Ana Clavel.

La propuesta de Carlos Cortés estaba marcada por una representación simbólica del poder en la vida con un desfile de personajes históricos y ficticios, donde Graham Greene era la figura principal; también aparecían el general Torrijos, Chuchú Martínez, Jorge Luis Borges y el Che Guevara. La novela es una compleja trama con una intriga de conflicto alucinante que era insuperable entre todas las otras novelas que no eran malas. Al final, como sucede en cualquier concurso, hay que escoger la mejor obra, si la hay.

En esta oportunidad, he tenido el honor de compartir criterios con José Luis Rodríguez Pittí y Yolanda Hackshaw. El premio lo ha ganado la novela Memorias de una hija imaginaria, amparada bajo el seudónimo de Claudia. El fallo de mayoría dice que la novela escogida posee “un lenguaje fresco y sencillo, nos presenta una historia de desarraigo y retorno a la patria que encierra una profunda mirada existencial desde la infancia, la experiencia de la mujer y la violencia, lo que la guerra nos quita, las relaciones familiares, los amigos y cómo se confrontan lo recuerdos desde la diáspora con la experiencia del retorno al terruño, situaciones a las que se enfrenta un número creciente de personas de nuestros países centroamericanos”.

La obra es de la escritora María del Carmen Pérez Cuadra (Jinotepe, Nicaragua, 1971), egresada de la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. Tiene una licenciatura en Artes y Letras y el Máster en Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica, y es doctora en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. La autora tiene publicado varios libros de cuentos y poesía y no es la primera vez que gana un premio literario. Enhorabuena para la cultura de Nicaragua, que está pasando por un difícil momento.

En este artículo no quiero defender la obra de la escritora nicaragüense, porque es un libro que se defenderá solo cuando la UTP lo publique y los lectores tengan la oportunidad de leerlo. No es mi deseo espoilear la novela. Sin embargo, sí quiero aclarar mi postura en torno a esta versión del concurso, porque he visto (sin asombro) en las redes muchos comentarios que, aunque no son cosas que me roban el sueño, sí merecen ser atendidas por la salud de la cultura y de un premio que lleva el nombre de un gran escritor panameño.

No es la primera vez que se habla de fallo dividido en la historia de los concursos nacionales. También se han dado casos de fallos desiertos, que es cuando el jurado considera que ninguna obra merece el premio. Y, desde luego, hay fallos unánimes donde todos los miembros del jurado llegan con la misma obra en la mano. Un fallo dividido significa que los jurados no están de acuerdo y, por lo regular, se llama fallo de minoría y fallo de mayoría.

En el caso del premio de este año, la profesora Yolanda Hackshaw, con todo su derecho como jurado, se inclinó por declarar su veredicto desierto por una serie de argumentos que defiende en su fallo. José Luis y este servidor discutimos profundamente, casi agriamente, hasta lograr ponernos de acuerdo. A mí me gustaba un libro con una temática que plantea la problemática de la violencia en Centroamérica, pero al final apoyé la obra que traía José Luis, porque también me había gustado y reflejaba una preocupación similar, aunque menos fuerte.

La literatura centroamericana siempre ha demostrado ser de buena calidad. Países como El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, que han vivido guerras civiles y violencia política de forma brutal, siguen reflejando una producción original desde argumentos como la violencia, la diáspora, la memoria y el desencanto. Es una región llena de conflictos sociales y existenciales.

La literatura panameña también tiene sus atributos. En el caso de la novela, el país ha dado grandes novelistas, muchos de ellos ya fallecidos y otros que aún siguen produciendo desde su patria y otros desde tierras lejanas. Considero que las novelas panameñas que estaban en el concurso (lo sé por la temática tratada) pueden ser buenas historias, pero tal vez no era su turno. Recordemos que un concurso es el resultado del gusto y criterio de un jurado que es, al final, un lector. A nosotros nos tocó tomar una decisión.

Como escritor, puedo confesar, intenté dos veces ganar un premio de novela y fue a la tercera que lo gané. Creo que cuando un escritor (o escritora, para hablar con perspectiva de género) pierde en un concurso, debe guardar silencio; lo contrario es un berrinche discreto que lo delata. Mejor es revisar su trabajo o dejarlo como está y volver a intentarlo. De pronto sirve hasta leer lo que están haciendo sus camaradas en Centroamérica, para ajustar cuentas. Lo que no es justo, es que se critique al jurado por su decisión sin conocer la obra. Cuando se publique Memorias de una hija imaginaria, yo desafío al que quiera tirar la primera piedra.

Convocatoria cerrada 

 Directorio de narradores orales 

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