De vez en cuando me gusta expresarme en chileno, no en un español académico de diccionario, o en palabras perfectamente descifrables por la comunidad hispano parlante. En una maquina procesadora de alimentos se mete el español, modismos propios, extranjerismos, palabras de los pueblos originarios y onomatopeyas, se mezcla bien y se obtiene el dialecto chileno.

Decir por ejemplo que desde hace un tiempo no escribía un artículo porque me ha tocado bailar con la fea y eso ha hecho que se me eche la yegua. No es que me falten palos pal puente o gramos pal kilo, sino que simplemente daba lata mover la raja para escribir alguna huevá relativamente interesante.

Hoy en día en que mis hijos ya no juegan a las bolitas sino a las canicas, no comen cabritas sino palomitas de maíz, poco a poco están reemplazando la palabra colegio por cole y ya no dicen balancín sino sube y baja, me gusta acentuar mi identidad nacional, ni superior ni inferior a otras, simplemente diferente.

Viva la diferencia que es la que enriquece la convivencia.

Gracias a la mundialización producto de los avances tecnológicos, sobre todo en la comunicación instantánea de esta pequeña aldea global, en Bolivia, país sin mar, se puede comer sushi y en Suiza, país sin plantaciones de cacao, se pueden encontrar exquisitos chocolates.

No pretendo ser un chovinista auto referente mirándome el ombligo, pero debo confesar que, aunque no sea producto de la nouvelle cuisine francesa, me gusta el completo chileno, ese pan alargado con una salchicha, tomate picado finito, palta, conocida en otras latitudes como aguacate, ají, a veces poroto verde o queso derretido, también papas fritas en formato hilo, abundante mayonesa, kétchup, mostaza y cuanto ingrediente acepte la imaginación gastronómica de quien lo prepare. Pueden existir discusiones extremas sobre si la salchicha debe ser frita o cocida en agua o sobre el orden correcto de los ingredientes como para que la mayonesa sostenga al tomate o la mostaza se entrelace con el kétchup para que sea el toque final de decoración, pero del sabor, mmmmm, acuerdo unánime, exquisito, no como un inocente perro caliente de pobreza franciscana.

Aunque no la hayan inventado los italianos, la pasta en Italia tiene mejor sabor y la comida china de seguro se ha adaptado a los diferentes países donde ha llegado, pero en china, sin duda es mejor.

Repito, viva la diferencia y aunque las fronteras parecieran estar borrándose producto de la migración, forzada o no, me gustaría seguir conservando esas identidades capaces de caracterizar cada grupo humano, no solo en lo gastronómico, sino que en todo ámbito de cosas.

No somos ni mejores ni peores, por el contrario, somos afortunadamente diferentes y eso es lo que enriquece a la especie humana.

Mañana tengo que ir al centro de la ciudad que poco a poco ha ido perdiendo su identidad local y para dejar tranquila a mi lombriz solitaria, no me voy a comer una arepa extranjerizante, sino una sopaipilla con pebre cuchareado.

¡Viva la diferencia!

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