La fama no es siempre el puerto seguro al cual logra llegar un navegante, después de mucho esfuerzo y de luchar para sortear los peligros del mar abierto, pues también suelen llegar, ansiosos, a ese mismo puerto, y sin correr los riesgos generados por un enfurecido mar abierto, quienes han sido empujados por otros, o ayudados por la buena suerte, o por las coyunturas del momento, que se resumen en hallarse el sujeto en el lugar y en el momento adecuados.

Esto quiere decir, en términos coloquiales, que la fama es un asunto en cuya consecución también actúa el azar, y el problema empieza cuando el seleccionado por dicho azar, termina convencido de que ha sido elegido por una fuerza suprema y que por ende es superior a sus semejantes.       

El deseo de ser famoso es más una obsesión que una vocación, originada en el carácter competitivo de que se encuentra invadida la educación, cuyo fin es instruir a las personas para la competencia.  

Si la búsqueda de la fama fuese una vocación, quien va tras ella, ocuparía mucho tiempo en racionalizar los alcances y beneficios futuros colectivos del producto con el cual pretende alcanzarla, y muy poco en la creación de relaciones públicas para difundirla. Por eso, no todo el que crea un buen producto recibe el premio de la fama, si le faltaron relaciones públicas y no se proveyó de un experimentado promotor, hábil para maquillar el producto y aumentar su dimensión con denominaciones que entusiasman al receptor, pues como no todo lo que brilla es oro, existe el brilla metal para vestir el cobre de manera que luzca como el oro.  

La fama, una vez conseguida, debe permanecer activa como un sonsonete para atraer la atención constante de la gente, y esta preocupación es el punto de partida de la pérdida de autonomía del famoso, quien, incapaz de hacer caso omiso a los halagos provocados por la misma, concilia, sin mayores discusiones, con los cambios exigidos a su personalidad para ajustarla a las exigencias de quienes invierten recursos para mantener su fama.

Por eso, la fama, no obstante su aparente simbología de independencia, con el paso del tiempo crea un proceso de obediencia cuyo resultado es la pérdida de la dignidad del afamado, quien termina sometido a las llamadas leyes del mercado y por ende a la desnaturalización de su oficio.    

La fama, ese sueño que se empieza a gestar desde la infancia, como todos los anhelos metidos a mansalva en la educación, con alimento constante en el hogar, en la escuela y en la sociedad, con el tiempo crea consecuencias capaces de alterar los objetivos de quien la posee, pues algunos a quienes el azar suele volver famosos, entran en un proceso de acomodo, cada vez más estricto, como condición sine qua non para conservarla. Y como la fama termina siendo una adicción, quien la logra, llegará hasta el fondo del sometimiento, para no perderla.

Por ello no es extraño que afamados escritores terminen haciendo portada en revistas de moda, y dejen de escribir para dedicarse a promover los intereses de quienes manejan los hilos de la fama, o el cantante, componiendo para arrullar las tendencias del momento, o el actor, haciendo en escena todo cuanto dicta la moda.  

Por lo general, quienes alcanzan fama a través de productos que actúan sobre la sensualidad y las emociones de las personas, terminan convertidos en grandes reproductores de la ideología del gregarismo, y en promotores de un sistema que, cuando no eran famosos, deploraban.

La fama no es un grito de independencia si se origina en la necesidad de llenar los vacíos afectivos de quien la busca.      

 

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