Tecnología versus humanismo

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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La cuarentena ha sido útil para despertar una buena parte de nuestra capacidad de comprensión, mantenida en un sueño prolongado, cada vez más profundo, como consecuencia de la idea de la comodidad y la facilidad de comunicación sugerida por una tecnología, sencilla de manejar, pero con pocas posibilidades de aprendizaje, porque no ha terminado de agotarse el uso de una versión cuando de repente salta al mercado otra.
Durante la cuarentena se ha hecho masivo el ejercicio de la denominada comunicación virtual, con lo cual se ha creado, en poco tiempo, la sensación, en cada uno de nosotros, de ser testigos de un acontecimiento con características de un humanismo sin precedentes.
Sin lugar a dudas ha sido maravillo ver cómo aparecen en una pantalla, de manera simultánea rostros y voces de muchos lugares del mundo, generando un símbolo de integración humana. Pero, cuál es el precio de asumir tan pronto estas ideas por cuenta de la tecnología, en vez de darnos a la tarea de buscar su misión real en la profundidad de sus contenidos?
El objetivo de la tecnología es facilitar, no enseñar, ni formar, ni instruir, y por eso cambia tan pronto, y sin aviso previo de formato. Atendiendo a estos conceptos podemos considerar a la tecnología como entretenimiento.
Su misión no permite una acción educativa y de integración, porque es parte de su estrategia poner el desarrollo del pensamiento, de la capacidad de discernimiento y de la reflexión del individuo en niveles manipulables, para disminuir su capacidad de controversia.
Para ello fomenta, como un hecho natural, la interrupción abrupta de los procesos y la sustitución de unos por otros, sin ninguna relación de continuidad. Así es como la tecnología despoja todo proceso social de su relación pasado y futuro y delega la responsabilidad del desarrollo al disfrute del presente.
De esa manera nos vamos gastando la vida en un presente continuo, dejando de lado elementos tan necesarios para la estabilidad social como la identidad cultural y la historia.
La narración oral se ha valido de la emisión virtual, para mantener su vigencia, porque ya está muy presente en la vida cotidiana de nuestras sociedades, orales por excelencia, y no nos puede faltar su estímulo; pero la proliferación del relato en forma virtual pone a este en la disyuntiva de decidir si está al servicio del ser social o del entretenimiento.
La distracción, digámoslo de una vez, es la entidad rectora de todos los eventos diseñados para mantener un control social, y por eso durante la captura hecha por la virtualidad a la narración oral se han podido observar actitudes de competitividad, que ponen en duda el objetivo y la integridad de algunos de los organizadores de estas jornadas virtuales, pues no se advierte en ellos la intención de promover la narración oral sino la de ganar adeptos.
Se nos ocurre preguntar, si la virtualidad se ha tomado a la narración oral como una estrategia de la tecnología, para posar como redentora social, o si por el contrario la narración oral se tomó a la virtualidad para aprovechar el encierro y contar la vida.
La virtualidad nos puede llevar a destruir esa característica, tan propia del relato oral, de integrar, convirtiéndolo en un simple cuento, incapaz de dejar una huella, solo con la misión de generar diversión en tiempos de cuarentena.
La tecnología es distracción; no tiene nada qué ver con integración social, ni con humanismo. Aceptemos la virtualidad como una solución transitoria para paliar la emergencia, pero no la alojemos en nuestro corazón, porque puede quedarse con él.
 

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