Todos empastillados

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Me considero un tipo normal, con un trabajo normal, compartiendo la jornada laboral normal con gente normal, en una ciudad normal de esta sociedad normal.
Sin mediar ningún tipo de provocación, solo porque si, hace unos días se me ocurrió preguntar a mis compañeros de oficina si alguien tomaba medicamentos de manera habitual y, oh sorpresa, todos salvo yo tenían sus fármacos siempre a mano, siendo los más, píldoras relacionadas con algún tipo de desorden psicológico para no ser tan extremista y tildar el desorden de psiquiátrico.
En escala ascendente desde simples relajantes musculares, pasando por calmantes, ansiolíticos, pastillas para dormir, pastillas para despertarse, pastillas para estar relativamente bien durante el día, pastillas para que las pastillas no tuviesen efectos secundarios, y vuelta al ciclo.
Debo confesar que alguna pastilla azul me he tomado alguna vez pero la disfruté, bajo ningún punto de vista la sufrí.
¿Por qué nuestros cuerpos, esas maravillosas plantas de procesamiento físico químico, están en completo desorden y necesitan de ayuda externa para encontrar un relativo equilibrio?
¿Qué nos está pasando?
Teórica y empíricamente la mente domina al cuerpo y cualquier desorden en nuestros pensamientos y sentires, termina por afectar nuestro desempeño funcional.
¿Qué no?
Desde un punto de vista positivo, al estar enamorados nos sentimos en forma, capaces de hacer más cosas de las que hacemos habitualmente, las enfermedades nos son ajenas, hasta nuestras mejillas se ven más rosadas por el aumento de la irrigación sanguínea, en resumen, somos capaces de más porque nuestra mente y nuestro cuerpo están en armonía en pos de un objetivo.
Por el contrario, todos conocimos o hemos sabido de alguien que visita al médico por un ligero malestar, le han diagnosticado una enfermedad grave y simplemente se deja morir. Su mente termina por enfermar al cuerpo hasta llevarlo al colapso.
Prefiero quedarme con la imagen de algunas honrosas excepciones a la regla donde la mente ha logrado sanar al cuerpo, incluso en el peor escenario posible.
"Órgano que no se ocupa se atrofia hasta desaparecer en el viaje de la evolución"
Si bien es cierto la mente propiamente tal no es considerada como un órgano de nuestra estructura biológica, responde al mismo principio, por lo que es indispensable ejercitarla para tenerla a plena capacidad.
No me refiero a ejercicios mentales matemáticos, lógicos o de otra índole que impliquen lo que se ha denominado como inteligencia en sus variados tipos. El ejercicio necesario es aquel en el que se invoquen sentimientos y que mejor ejercicio que el de vivir arte.
Escuchar tal o cual música predispone nuestra actitud ante los eventos, entrar en la proposición de un cuadro nos lleva a otros mundos, completar el limitado relato literario con nuestra propia imaginación nos entrena para encontrar soluciones.
El arte por siempre ha formulado preguntas quizás sin respuesta en el momento en que fueron formuladas pero con el tiempo han pasado a ser incluso obvias.
No necesitamos ir a un gimnasio para pedalear sin ir a ninguna parte ni mirarnos en un espejo sudado para ver como nuestro abdomen reduce insignificantemente su volumen.
El arte no solo está en las salas de teatro, en un concierto de la mal llamada música docta o en las exposiciones formales, está en todas partes, si estamos lo suficientemente entrenados como para verlo y vivirlo.
En el grito urbano de una juventud desencantada hecho grafiti, en el hip hop amargo, en la puesta en escena de un mendigo, en la oratoria inmejorable de un charlatán vendiendo humo, incluso en el discurso de un político vacío de ideas...
El arte está en todas partes.
A entrenar entonces para mejorarnos de todos nuestros males y llevar a la quiebra a los grandes laboratorios.

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